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La guerra ruso-ucraniana

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guerra ruso-ucraniana

por Víctor Orozco    Febrero 26 de 2022

En las guerras existen explicaciones, justificaciones, situaciones, pero sólo en excepcionales condiciones podemos señalar a los de un bando como el de los «buenos» y al otro como el de los «malos». Menos aún en el caso de la guerra abierta que se inició este 23 de febrero con la invasión de las tropas rusas al territorio de Ucrania.

Las razones rusas para atacar a su vecino son muy claras, no de ahora, sino desde siglos atrás. Ucrania está ubicada en lo que puede considerarse el bajo vientre ruso, es decir, la región más vulnerable del gigante euro-asiático, por donde puede ser atacado con mayor eficacia, dada la inexistencia de barreras naturales que separen a ambos. Desde el colapso de la Unión Soviética en 1991, el antiguo cinturón de seguridad o de amortiguamiento que habían construido los rusos para evitar una nueva invasión desde Europa no sólo se fue debilitando, sino que se transformó en una trinchera enemiga. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), fraguada por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, fue incorporando a los países del Este y en pocos años sus tropas ya estaban a las puertas del territorio ruso. En 1999 ingresaron a la alianza militar la República Checa, Hungría y Polonia. En 2004, Bulgaria, Estonia, Lituania, Letonia, Rumanía y Eslovaquia. Finalmente, Albania en 2009. Rusia alegó que la OTAN había prometido que no se expandiría hacia el oriente europeo, mientras que los líderes occidentales insistieron en que nunca habían hecho tal promesa.

En Ucrania, que formó una de las partes integrantes de la Unión Soviética de mayor relevancia, se mantuvo una especie de neutralidad, sin que los gobiernos intentaran ingresar en la alianza militar enemiga de Rusia. Pero, en 2014, el régimen se hundió bajo la presión de un movimiento popular sin duda, pero alimentado y dirigido por fuerzas ultranacionalistas proclives al nazismo. Pronto se pusieron en acto las medidas usuales para que el Estado ucraniano formara parte de la OTAN. La respuesta rusa, a su vez, fue inmediata: alentó la rebeldía de los separatistas de la parte oriental, el grueso de ellos de habla y orígenes rusos, a quienes proveyó incluso de pasaportes con vistas a justificar su protección diplomática y en su momento incluso armada. Y propició la anexión de Crimea, península estratégica que había pertenecido a Rusia, hasta que en 1955 el dirigente soviético, Nikita Kruschev (vinculado, por cierto, desde su juventud a Ucrania y con esposa de esta nación)  la entregó a este país, por entonces una república socialista.

Tras la caída de la URSS, tanto Rusia como Ucrania transitaron con rapidez hacia un sistema capitalista, conducidos por partidos, caudillos y tendencias autoritarias. La primera nunca perdió del todo el antiguo poderío militar de la Unión Soviética y en los últimos años incluso lo superó, de tal suerte que ya no tolerará el cerco militar que le impuso Estados Unidos a través de la OTAN. En la segunda, se desplegó una ola ultranacionalista que ha tocado los extremos, como glorificar a quienes combatieron en la Segunda Guerra Mundial al lado del ejército alemán y adoptando la doctrina y las formas de organización política y paramilitar de los nazis. Éstos han cometido asesinatos sin cuento, como el ocurrido en Odessa en mayo de 2014, cuando  militantes de estos grupos quemaron vivos a medio centenar de opositores al gobierno de Kiev, en la Casa de los Sindicatos. A quienes se salvaron de las llamas, los remataron a garrotazos.

Estos nacionalismos cuasi religiosos centroeuropeos han sido irreductibles y han arrastrado al mundo a guerras interminables desde hace siglos. Nada han podido hacer para disminuirlos ideologías internacionalistas, asociaciones culturales, civilización y neutralización de las corrientes religiosas. Siempre resurgen y recuperan o inventan héroes, emblemas e insignias (recordemos las cruces medievales de los nazis). Rusos y ucranianos de hoy, como los de hace un siglo, están aquejados por este cáncer.

Esta es la realidad geopolítica, mezclada con los intereses económicos y fobias ideológicas.

Formulé dos preguntas antes de escribir esta nota: la primera es: ¿combatirán los ucranianos y sobre todo su ejército? Hasta hoy, pienso que no lo harán. Y no lo harán porque la mayoría de la población quizá no comparte esta locura nacionalista de las clases medias y altas. No me parece que estén dispuestos a batirse en una guerra de aniquilación, para morirse sólo para que el gobierno incorpore a su país a la alianza militar dirigida por Estados Unidos contra Rusia. Su condición es muy diferente a la población de Vietnam o Afganistán, para pensar en las recientes guerras de resistencia libradas contra Estados Unidos y también contra Rusia. Y más lejos aún, muy distinta a las luchas realizadas por los mexicanos ante las invasiones extranjeras.

La otra pregunta fue: ¿qué se le perdió a Estados Unidos en Ucrania? Es seguro que ambiciona las riquezas de aquel país y, lo más relevante, intenta cerrar el cerrojo del anillo militar impuesto a los rusos, objetivo que ya no pudo alcanzar. ¿Se involucrará en una confrontación con Rusia de impensables consecuencias? No es previsible.

A riesgo de caer en los pronósticos fáciles, pienso que la crisis va a terminar a la manera de la cubana en 1962: con la promesa de Rusia de no invadir de nuevo a Ucrania (que será desmilitarizada) y el compromiso de la OTAN de que no se incorporará a sus filas.